domingo, 20 de abril de 2014

Los “primitivos” y José Vicente Carrasquero

Los “primitivos”  y José Vicente Carrasquero

Nicmer N. Evans
evansnicmer.blogspot.com
@NicmerEvans

José Vicente Carrasquero, Jefe de Campaña de Manuel Rosales, candidato presidencial bien recordado por su poca capacidad oratoria y frases célebres como: “No creo en cantos de ballena”, “El futuro es mañana”, 100 años son casi un siglo” y la más recodada, “Tu quieres ir a pedir peras al horno”, el 4 de abril publicó un artículo titulado “Primitivos”.

Dicho artículo gira en torno a las escenas vistas el 3 de abril en los sucesos desarrollados en la UCV, donde estudiantes y grupos armados, encapuchados, etc. se enfrentaron, lo que en principio podemos denominar como un hecho totalmente repudiable. Pero el caso es que este argumento le sirvió a Carrasquero para desarrollar una serie de afirmaciones, poco pedagógicas para un profesor universitario, asumiendo que todos los hechos de ese día fueron producidos por un solo bando político.

Antes de centrar mi atención en el concepto “primitivo”, solo deseo aclarar que si uno ve solo las imágenes que quiere ver, dirá que lo que sucedió en la UCV fue hecho por un solo bando, pero me permito recordar que el único herido de gravedad fue del bando acusado de agresor. Yo prefiero dejar el asunto a las autoridades y exigir, como en muchos otros casos, que se de la investigación necesario por parte de los órganos competentes, y quien sea culpable de lo que sucedió, pague sus consecuencias, sin embargo, mi percepción final es que existen responsables de bando y bando.

Pero el asunto que ha provocado escribir sobre este artículo es la utilización del término “primitivo” en sus distintas variantes por parte del matemático Carrasquero, observemos:

  1. “Se aprecia a grupos de bárbaros-primitivos agrediendo salvajemente a estudiantes.”
  2. “Y ya lo decía en 1998, Chávez nos va a llevar al pasado. Nos hará más primitivos de lo que somos.”
  3. “Porque al final, una persona que usó lar (sic) armas de la república (sic) para fracasar en dos intentos de golpe de estado (sic), es un ser con una concepción primitiva y violenta de los mecanismos para llevar adelante un proyecto político.”
  4. “Las fotos identifican claramente a los atacantes. Dejan ver claramente sus actos primitivos, arcaicos, prehistóricos.”
  5. “De la limitada mente de Chávez no podía sino salir esta desgracia que estamos viviendo.”

Partamos del inicio, “Primitivo” según el Diccionario de la lengua española (DRAE) es:

  • Primero es su línea, o que no tiene ni toma origen de otra cosa.
  • Perteneciente o relativo a los orígenes o primeros tiempos de algo.
  • Se dice de los pueblos aborígenes o de civilizaciones poco desarrolladas, así como de los individuos que los componen, de su misma civilización o de las manifestaciones de ella.
  • Rudimentario, elemental, tosco.

En principio podemos observar que no todo uso del concepto “primitivo” es negativo, de hecho el DRAE solo atribuye alguna apreciación negativa a los “primitivos” ya que son “civilizaciones poco desarrolladas”, o porque puede en algún caso ser sinónimo de “rudimentario, elemental, tosco”.

Sin embargo entiendo, por el uso que le da el matemático a “primitivo” que “”ser primero es su línea, “o que no tiene ni toma origen de otra cosa”, “perteneciente o relativo a los orígenes o primeros tiempos de algo o ser de los pueblos aborígenes” es algo despreciable. En este punto me permito diferir, ya que “ser primero en su línea”, “estar vinculado a los orígenes de los primeros tiempos” o “ser de un pueblo aborigen” per se, ni es malo ni tiene que ver con la violencia. Aquí me permito recordarle que los “pueblos civilizados de occidente” al llegar a tierras de los “primitivos” de nuestro continente, devastaron tanto a nuestra población originaria como las riquezas de estas tierras, ¿Así cree usted que se debe tratar a los “primitivos” Carrasquero?

Sin embargo, tratando de entender a Carrasquero cuando utiliza el concepto “primitivo” asumo que pretende descalificar todo lo derivado de Chávez, el chavismo, y endilga  la exclusividad de la violencia a un grupo, en un hecho donde William Muñoz, estudiante de la UCV, recibió golpes y patadas en los brazos, costillas, la cara, causando fracturas en la nariz y la cabeza, así como también fueron secuestrados varios estudiantes en la Escuela de Trabajo Social, donde les gritaban sus captores: “Vamos a quemar a todos los chavistas. No los vamos a dejar vivir, a ninguno”.

Carrasquero se perturba por un hecho tan repudiable como que a un estudiante de la oposición lo hayan desnudado, y estoy de acuerdo, pero no observo en su afanosa condición de profesor universitario repudiar con igual claridad lo que produjeron los que para usted, no son “primitivos”.

Claro, es posible que como los protagonistas de parte de esa violencia antes descrita, no son chavistas, entonces no son primitivos, porque como usted muy bien advirtió desde 1998, sólo Chávez sería responsable de volver a lo primitivo, pero entonces: ¿qué son aquellos que utilizaron las armas de la República en el 2002 para dar un golpe de Estado consumado, donde uno de los firmantes de la disolución de los poderes públicos incostitucionalmente, después terminó siendo candidato presidencial, y usted su Jefe de Campaña (2006)?

¿Qué dice usted Carrasquero, de las “fotos” que a diario los “guarimberos” generan, destrozando el ornato público, agrediendo a sus vecinos y utilizando armas e implementos que han producido muertos, en muchos casos, que no han tenido nada que ver con la decisión de jugarse “la salida” o descargar su “arrechera”.

Carrasquero, usted al utilizar el térmico “primitivo” inmediatamente crea una raza superior en el sistema político venezolano. Para usted, más de la mitad del país son unos “primitivos” incapaces de gobernar a la otra parte del país, poco menos de la mitad, que tienen la superioridad necesaria para dirigir un país. Para usted Chávez entonces fue electo por “primitivos” que usted afanosamente desprecia, desconociendo el sagrado derecho democrático de un pueblo de elegir a sus gobernantes, ya que es un pueblo “primitivo”.

Carrasquero, he tomado su artículo, no por ser una pieza digna del análisis de las Ciencias Políticas para el avance de la democracia, sino como ejemplo de la intolerancia, el racismo, el desprecio de quienes piensan distinto a usted, y la incoherencia desde la historia de las ideas políticas al asumir como primitivo al socialismo, muy posterior al capitalismo, y que lamentablemente tiene mucho eco en la dirigencia y los intelectuales opositores. Si actualmente el gobierno comete errores o no, no le da derecho a pretender ofender a un pueblo que ha escogido por durante 15 años optar por lo que usted llama “primitivo”, así no se hace oposición “moderna”. No me interesa defender el gobierno de Maduro, sino dejar en claro, que desde la conceptualización del DRAE, usted, que defiende y representa lo que era Venezuela antes de Chávez, seguro es más “primitivo” en su origen político-ideológico desde su propia percepción, que aquellos que vemos al futuro, defendiendo y criticando lo nuevo que dejó Chávez en nuestra historia.


Por último, como ciudadano ante una Constitución que no discrimina entre “primitivos” y “evolucionados” le pido que sea responsable como profesor universitario, de dar luces, desde la ideología o postura que desee, pero no alimente más la discriminación, la exclusión y la desigualdad que la historia política de nuestro país describe desde hace ya muchas décadas, deje de hacer lo que critica. 

domingo, 13 de abril de 2014

¿Pactar?

¿Pactar?

Nicmer N. Evans
Evansnicmer.blogspot.com
@NicmerEvans

Recientemente, como resultado del inicio del proceso de diálogo del 10 de abril entre sectores de la oposición y del gobierno, para “La Paz”, el Vice Presidente comentó:

“Nosotros no vamos a pactar… aquí los pactos se acabaron en el año `98…” y más adelante complementó diciendo: “No se trata de ceder sino de llegar a acuerdos.”

Esto, sumado a las reflexiones reiteradas del Presidente sobre el hecho de que pactar sería una traición, y él y su gobierno jamás traicionaran el legado del Presidente Chávez, me convocó a revisar en el diccionario de mi hija sobre el significado de “pacto” y “acuerdo”,  a ver si era yo el que no quería comprender, encontrándome con que mi memoria aún no falla tanto como para no reconocer que son sinónimos.

Un “acuerdo” es un “pacto o tratado” y “pactar” es: “Llegar a un acuerdo, personas o entidades para concluir un negocio o cualquier otra cosa, obligándose a cumplirlo”.

Si adicionalmente buscamos el concepto de “dialogar”, encontramos que tiene por lo menos dos acepciones básicas: una que asume que es una conversación entre dos o más personas para intercambiar ideas, y la otra nos indica que dialogar es “discutir puntos de vista para lograr acuerdos”.

“A confesión de partes, relevo de pruebas”, nos dicen los abogados. Si nuestro gobierno ha asumido el “diálogo” y además afirma que pretende “llegar a acuerdos”, aún cuando niegue la intención de pactar, está literalmente pactando.

Esto, ni es bueno ni es malo, es y listo. El problema radica cuando además de negar lo evidente, en este pacto se corre el riesgo de dar la espalda al pueblo. Las mesas de diálogo son positivas para el país, pero la exclusión de actores que tendrían mucho que aportar, hasta ahora atenta en contra del desarrollo de las mismas.

Estoy convencido que los extremistas deben ser marginados de un proceso tan moderado como éste diálogo político, pero que los radicales, aquellos que asumen posturas críticas de lado y lado, pero que no asumen la violencia en este momento como un medio para lograr sus fines, tal como pasó con el PCV en el Pacto de Punto Fijo, es un error histórico, con claros precedentes.

Los otros excluidos hasta ahora son los primeros y principales afectados de los acuerdos a los que ya se han llegado en la mesa económica previa a la política, como por ejemplo el aumento de precios de los productos básicos sin que se publiquen en gaceta, los trabajadores, que no sólo tienen, sino que deben ser incorporados a un espacio donde se pretende reunir a la mayoría de los sectores y fuerzas vivas del país.

Todo “pacto” o “acuerdo” que atente contra los avances en la redistribución de la renta petrolera, legado por Chávez, y que se de a espaldas de las mayorías, negando la democracia participativa y protagónica, pondría en riesgo la legitimidad de dichas acciones. El pacto debe ser con el pueblo.

Por ello, no puede haber “pacto” que no sea refrendado popularmente, y el pueblo tiene derecho a conocerlo de manera transparente. Si pactar conviene para la gobernabilidad y esto garantiza la posibilidad de continuar con el gobierno “revolucionario” que continuará prudentemente con proyecto socialista ratificado por una mayoría contundente del país, díganlo, y si el pueblo debe sacrificar “por ahora” algo, pídanlo, pero tanta confusión, discursos ambiguos, “aperturas” gustosas, exclusión y ausencia de diálogo con lo sectores críticos y/o radicales que ya no son sectores minoritarios en conjunto, pareciera no ayudar a persuadir al chavismo de que ésta es la única vía.


viernes, 11 de abril de 2014

Diálogo y conciliación

Diálogo y conciliación
Nicmer N. Evans
nicmerevans@gmail.com
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@NicmerEvans

El inicio de un proceso de diálogo entre una parte de la oposición venezolana y el gobierno del Presidente Nicolás Maduro, ha generado un importante debate público nacional e internacional sobre su viabilidad, conveniencia y pertinencia. El diálogo como práctica política no es sólo una alternativa, sino el instrumento fundamental de su práctica en una sociedad global donde la democracia se ha asumido como el sistema universal que rige las relaciones humanas.
En Venezuela, el diálogo entre sectores fuertemente polarizados en principio por concepciones ideológicas, pero hoy más que nunca, por intereses de poder, se plantea como "una necesidad", posterior a dos meses de violencia urbana convocada y activada por un sector de la oposición conducida por Leopoldo López, Antonio Ledezma y María Corina Machado. Sin embargo esta aparente "necesidad" responde entre otras cosas a una condición de debilidad del gobierno de Nicolás Maduro al no poder seguir desarrollando un proyecto hegemónico tal como lo venía construyendo el Presidente Chávez en su última etapa de gobierno, basado en una mayoría electoral indudable e incuestionable que permita evadir cualquier negociación para la subsistencia del proceso revolucionario.
La convocatoria y aceptación del diálogo por parte del gobierno es visto por algunos sectores radicales del proceso revolucionario como un síntoma de debilidad y como el adelanto de un "pacto" de gobernabilidad y alterabilidad del poder con el sector más moderado, menos radical y anti extremista de la oposición.
De igual manera, dentro de la oposición, la aceptación al diálogo sólo es reconocida por aquel sector que aunque no ha cuestionado las acciones violentas en las calles de diversas ciudades del país, no han convocado a las mismas, mientras que el sector más extremista rechaza el diálogo, asumiendo que quienes asisten sin haberse cumplido una serie de condicionamientos previos para tal fin son unos "entreguistas" que "se han doblegado al régimen Castro Comunista".
Esto plantea una realidad sociológica muy particular en Venezuela. En otras sociedades la posibilidad de desarrollar un gobierno de conciliación donde un proceso de diálogo termine en una negociación de interés y un reparto de cargos con el fin de dar paso a un gobierno de "unidad nacional" podría ser el detonante, muy a pesar de la postura del expresidente de Brasil Lula Da Silva, de un verdadero estallido de violencia, ya que a la situación actual podría sumarse el sector extremista del chavismo que al sentirse traicionado saldría a la calle a defender lo que considera sus conquistas.
 El proceso de diálogo, debe ser manejado con la prudencia necesaria y con el discurso más favorable para generar la inclusión, no sólo de los moderados sino de los radicales, excluyendo a los extremistas violentos, para obligarlos a ceder. Pero una exclusión de los radicales de parte y parte podría ser una torpeza del proceso de diálogo que obstaculizaría el fin último del mismo, que termina siendo el restablecimiento de las condiciones mínimas de gobernabilidad en el marco del respeto a la Constitución y las leyes.

Cualquier asomo de un gobierno de conciliación activaría al sector extremista del chavismo, colocando a Venezuela en un abismo que generaría satisfacción sólo a aquellos sectores que responden a intereses trasnacionales. Pero, aún sin un gobierno de conciliación, la pérdida de las conquistas sociales logradas en el gobierno de Chávez, basadas en una más justa distribución de la renta petrolera, sería otro detonante pero ahora de un conflicto social. Por ello, lo mejor que puede pasar es que el proceso de diálogo sea además de participativo y protagónico, también transparente y confiable, para así lograr La Paz tan anhelada que sirva de soporte para afrontar la verdadera crisis que existe en nuestro país: la crisis del rentismo petrolero y la dependencia. 

domingo, 6 de abril de 2014

¿Oposición política?

¿Oposición política?

Nicmer N. Evans
evansnicmer.blogspot.com
@NicmerEvans

En opinión del diplomático del siglo pasado, amigo de W. Churchill, político del Partido Laborista inglés y escritor Harold Nicolson la “Oposición es el arte de prometer aquello que el gobierno no puede asegurar”, sin embargo hay oposiciones que pretenden serlo sin siquiera prometer lo que el gobierno no puede. Para toda democracia moderna la existencia de una oposición política ante quién ostenta el poder es fundamental, y el motivo central de su existencia es el poder mismo.

La oposición política tiene por lo menos dos vías para ejercerse: la pacífica, en el marco del respeto al Estado de Derecho, que pretende a través del convencimiento de la mayorías legitimarse y acceder al poder, y la violenta que parte del principio de la inviabilidad del acceso al poder: por incapacidad del sistema o por incapacidad de persuasión de su liderazgo ante la voluntad popular, y opta por la violencia como única vía para satisfacer su apetencia de poder.

Según John Locke: “Las nuevas opiniones siempre son puestas en juicio y encuentran oposición, generalmente, sin ninguna otra razón que la de ser nuevas.”, esta oposición es profundamente impotente e incapaz para gobernar así acceda al poder, y además posee una condición retrógrada, de permanente negación a lo nuevo o alternativo. Este tipo de oposición, muy característica en América Latina pareciera tener algo de humor, y esto lo digo recordando al afamado comediante y escritor norteamericano que formó parte de los Hermanos Marx, y que fue señalado de tener ideas “progresistas”, Groucho Marx, cuando dijo: “Todavía no sé que me vas a preguntar, pero me opongo”.

El sagrado derecho a disentir no sólo debe ser expresión de un rechazo impulsivo, y en política es imperdonable que esto sea así. La oposición política debe tener razones, argumentos, estrategias, propuestas, pero sobre todo debe definir claramente la forma de oposición. Una oposición política que expresa su voluntad de desarrollar acciones pacíficas para lograr el objetivo de tomar el poder, pero que a su vez tiene dentro de su estructura un sector violento, que además hace práctica de acciones que agreden y vulneran su propio discurso, sólo emite un mensaje lo suficientemente confuso como para ganarse el desprecio de la mayoría y descapitalizar cualquier saldo político electoral acumulado.

Al menos que la oposición política sea como aquella que Albert Einstein definió cuando dijo que: "Los grandes espíritus siempre han encontrado una violenta oposición de parte de mentes mediocres.", pareciera que en la evolución de la humanidad, cualquier régimen político en la actualidad, podría ser modificado o superado por vías mucho más inteligentes que la violencia, ya que la utilización de la misma puede terminar haciendo de un gobierno malo, un gobierno bueno, pero no lo contrario.

En nuestro país, la oposición venezolana lamentablemente está guiada por “mentes mediocres”, aún a pesar de que no necesariamente en este momento confronta “grandes espíritus”. Esto no sólo se expresa en los altos niveles de violencia originada por acciones concretas de algunos de sus líderes, o por la omisión de otros, sino por el permanente desprecio a las verdaderas necesidades populares. En nuestro país hay suficientes razones para protestar,  pero cuando la conducción de las protestas están orientadas por dirigentes que hacen lo mismo que critican del gobierno: medias verdades o medias mentiras, manipulación, engaño, mala intención, ambición desmedida del poder, interés económico y dominio de clase,  entonces no existe ninguna diferencia y por tanto termina no siendo una opción.

“La salida” terminará por ese camino, siendo el fin de la peor etapa autodestructiva de la oposición. La gran preocupación que surge es: ¿Y después que viene?


martes, 1 de abril de 2014

¿Tolerancia?

¿Tolerancia?

Nicmer N. Evans
evansnicmer.blogspot.com
@NicmerEvans

Desde T. Moros, pasando por Locke y Voltaire, y más recientemente E. Fromm o M. Foucault, por citar algunos pensadores occidentales emblemáticos, se ha reflexionado sobre la tolerancia, aunque cuando hablamos desde este lado de la “orilla” es imposible eludir las referencias históricas de nuestro origen y no recordar a nuestros pueblos originarios y sus prácticas ante el invasor y colonizador.
                
Dice N. Bobbio que cuando se habla de tolerancia se debe ver desde dos momentos históricos: aquel donde el concepto era aplicable a la convivencia entre distintas creencias religiosas y/o políticas, y un segundo momento donde el problema de la convivencia es con las minorías étnicas, lingüísticas, raciales, o en general de todo aquello que se trata de catalogar como “diferente”. En este sentido los primeros autores citados en el párrafo anterior se ubican en el primer momento de Bobbio y los segundos, en su correspondiente segundo momento.

El concepto más extendido sobre la tolerancia, a pesar de las amplias diferencias y ausencias de consensos, lo expresa Annette Schmitt tomando a Peter Nicholson, es aquel que asume que es la acción de una persona cuando omite por determinadas razones intervenir en contra de una acción de otra persona, teniendo el poder para hacerlo, a pesar de que esta acción lesiona una convicción relevante.

Esta definición de tolerancia parte del hecho de que quien define ser tolerante lo hace bajo la condición de poder que tendría sobre el otro al que tolera, pero la pregunta que salta a la vista es ¿Qué pasa cuando quien lesiona también tiene poder?

La tolerancia desde diversas dimensiones se ha tratado se señalar como un valor o acción positiva, pero ¿Qué pasa cuando la tolerancia transgrede las normas y cuando toleran se convierte en impunidad? Este dilema se complica cuando nos preguntamos si es pertinente tolerar la intolerancia como exaltación de valor, y es peor aún cuando lo aplicamos a la vida real y nos imaginamos tolerando las acciones nazi-fascistas de exterminio en campos de concentración, o de exterminio en los gulag stalinistas, o de torturas estadounidenses de la “democracia imperial” en Guantánamo.

Los límites de la tolerancia están definidos por la “transigencia”, es decir, el consentimiento con lo que no se cree justo, razonable o verdadero para dar fin con alguna discrepancia o diferencia, en pocas palabras, aceptar algo por resignación. Quienes toleran, no descartan la intervención, pero prefieren buscar una salida negociada, el que transige se entrega.

En nuestro país, con base en el diálogo que se ha convocado, existen diversos dilemas a resolver para su desarrollo, y entre ellos está la capacidad y voluntad de tolerancia de los actores involucrados para tal fin. La intolerancia discursiva ha sido la fase permanente de una convocatoria al diálogo para la paz, y eso definitivamente es contradictorio, y demuestra una falsa voluntad política de lograr el objetivo, quien llama “dictador” a la otra parte del diálogo, o quien define a un actor adversario que podría servir de interlocutor del otro sector del diálogo como “Chucky Lucky” mal podrían después sentarse a conversar.

En el marco de esta gran pasión política que polariza a nuestro país, existen igual dos opciones en cuanto a la tolerancia: se es tolerante pero no transigente, o se es alcahueta de la violación permanente de la Constitución.

Me defino claramente por la necesidad de ser tolerantes con aquellos que pretendan realmente dialogar, aún a pesar que tengan profundas diferencias con el chavismo, incluso me defino tolerante con aquellos que no desean dialogar pero no utilizan la violencia para imponer su criterio, pero será imposible ser tolerante con quien no acepta al chavismo como una realidad política de una parte importante de nuestro país.

Pero aun más, creo que la tolerancia política en nuestro país debe centrarse en comprender a la crítica como un instrumento útil para mejorar el proyecto que pretende ser además de socialista, democrático, participativo y protagónico. Esta crítica debe ser tolerada incluso si viene de filas opositoras que realmente tengan como objetivo aportar al país a pesar de las diferencias, pero debe ser aún más tolerada si proviene de las propias filas del chavismo.

La intolerancia dentro de la dirección política del chavismo para con los críticos, y la transigencia con la corrupción, el jalabolismo y la ineficiencia son mucho más graves que la intolerancia de la oposición o la intransigencia de los mismos, por ello es importante rectificar.


jueves, 27 de marzo de 2014

¿Dialogar?


¿Dialogar?

Nicmer N. Evans
nicmerevans.blogspot.com
@NicmerEvans

Decía el poeta español Antonio Machado que “Para dialogar, preguntad primero, después…, escuchad.” El diálogo puede tener dos acepciones: una expresa que éste puede ser una plática entre dos o más personas que intercambian pareceres, ideas u opiniones sobre algo, la segunda expresa que este intercambio puede tener como objetivo buscar una avenencia o acuerdo, esta segunda acepción se aproxima al concepto de negociación.

Dialogar no implica negociar, pero para negociar hay que dialogar. Lo cierto es que como decía Paulo Freire “Lo que caracteriza a la comunicación es que ella es diálogo, así como el diálogo es comunicativo”, por lo que todo aquel que pretenda dialogar desea comunicarse, por ello la voluntad de comunicarse es imprescindible para garantizar las condiciones de un diálogo fluido.

En política, el diálogo es la herramienta fundamental para el logro pleno de su ejercicio. Si asumimos que la política es la acción para la obtención y ejercicio del poder para la búsqueda del bien común, en nuestra actual sociedad que en consenso asume a la democracia como el medio para el ejercicio de la política, la necesidad de persuadir más que la de imponer, implica una amplia comunicación con el otro, y esto sólo se logra con el diálogo.

Sin embargo, en la política la imposición de una visión o concepción ideológica interrumpe cualquier posibilidad de diálogo y esto a su vez frena el ejercicio pleno de la democracia, por lo que se requiere del reestablecimiento de condiciones para que la democracia no sea vulnerada.

Para generar condiciones adecuadas con el fin de desarrollar un diálogo entre actores antagónicos, la necesidad de definir una serie de aspectos que garanticen que éste fluya de la mejor manera, pasa por definir el espacio adecuado, los interlocutores válidos y las reglas, así como, si se considera necesario, definir quién puede apoyar o facilitar tal ejercicio. La concreción de todas estas variables de por sí ya implica un avance significativo que pone sobre la mesa la voluntad política de dialogar.

Las “condiciones” para el diálogo definen la forma como se va a desarrollar, lo que no es lo mismo que “condicionar” el diálogo a una serie de “puntos de honor” que son los temas que deben discutirse en el proceso de diálogo con la intención de poder llegar a acuerdos en todos o algunos de ellos. Cuando esto pasa, se pone en evidencia la negación de una voluntad real de comunicarse.

Si aún a pesar de haber cumplido con todas estas condiciones algún sector minoritario de los actores del diálogo definitivamente está negado al diálogo, su autoexclusión del proceso debe ser evaluada dentro del diálogo, y dependiendo de los resultados que se generen, será inevitable que este sector se aísle, se agote o se incorpore en el devenir de la acción.

No tengo duda que el diálogo en nuestro país es posible, siempre y cuando sea dialógico, esto quiere decir, que se asuma como un proceso de aprendizaje, y que además sea dialéctico, esto quiere decir, que lo irreconciliable se deje en manos del proceso histórico que permita la definición de la verdad a través de la resolución del conflicto por procesos democráticos, que podrá derivar en soluciones que se den por la vía de la razón y no de la violencia, por ello: reconozcamos, preguntemos y escuchemos al otro.




domingo, 23 de marzo de 2014

La tortícolis en el chavismo.

Espacio crítico para la construcción socialista #226

La tortícolis en el chavismo.

Nicmer N. Evans
evansnicmer.blogspot.com
@NicmerEvans
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Después de tanta espera, la llegada al escenario político de Hugo Chávez Frías fue la oportunidad que tanto se había postergado para la izquierda venezolana. Una izquierda atomizada y desmembrada,  perseguida, acosada y casi exterminada por una socialdemocracia asesina, que instauró el concepto de los desaparecidos que después fue copiado por las peores dictaduras del continente.

Hugo Chávez representó la posibilidad de consolidar la unidad de una gran masa amorfa, pero que identificada con la crítica al neoliberalismo, asomó su fuerza el 27 y 28 de febrero de 1989, y permitió aglutinar todas las intenciones de generar una alternativa que fuese más allá de las diferencias entre las distintas fracciones de la atomizada izquierda venezolana. Esto sin duda fue una gran victoria popular, ya que se dejaban de lado las diferencias para asumir una conducción clara y diáfana que pudiese evitar cualquier contradicción.

Nuestro sistema y cultura política aún hoy está impregnada de ese “cesarismo democrático” de Vallenilla Lanz (1919), que pretendió justificar desde el positivismo, la necesidad de un mesías que nos conduzca al paraíso, o en política, el líder que nos salvará. Esto ni es exclusivo de Venezuela, ni es malo per se, pero si describe una situación que a la larga puede complejizarse en el momento en  que el  líder no sólo encarna su personalismo, sino que sobre él se ha depositado un proyecto político, revolucionario y de izquierda, con el mayor apoyo popular expresado democráticamente a través de muchos procesos electorales.

El mismo Chávez, a pesar de la crítica que se derivó del encuentro de intelectuales desarrollado en el CIM en el 2009 (donde se criticó el “hiperliderazgo” y salieron unos cuantos, entre ellos nuestro actual Presidente Maduro, a decir que eso fue un encuentro de “habladores de paja”, muy cónsono con sus actuales afirmaciones descalificadoras de posiciones críticas y propositivas de izquierda ante su gobierno), en el 2011 reconoce los graves problemas que traería en un futuro este “liderazgo directivo” y asumió la necesidad de desarrollar un liderazgo y conducción política colectiva.

A pesar de que su muerte fue muy rápida, Chávez fue preparando dentro de lo que pudo, a la izquierda venezolana chavista para sobrevivir sin su presencia, y hoy se ha logrado preservar el poder, pero con altos niveles de conflictividad y sin posibilidad real de avanza en el proyecto político. El grave problema aún, es que la izquierda venezolana se acostumbró durante casi 22 años a ver hacia delante, esperando la instrucción del líder, y cuando se queda sin él, se ve obligado a ver hacia los lados, con tortícolis y aún sin poder reconocer e incluso desconfiar de quien siempre ha estado a su lado pero había dejado de ver. Otros, sabiendo esto, intentan, por conveniencia impedir que la tortícolis se cure, para que al no reconocerse como fuerza colectiva, el proceso siga dependiendo de unos pocos.

Sin embargo, de toda esta realidad no se escapa la oposición venezolana, que deriva de la misma cultura política de la izquierda, y también arrastra al “cesarismo democrático” en sus códigos genéticos políticos tanto o más que la izquierda, al punto que después de Carlos Andrés Pérez y Caldera, no han podido reconstituir liderazgo alguno que los conduzca al éxito en el acceso al poder. Esto, hasta ahora ha permitido al chavismo tratar de reconstituirse, aunque ellos tienen la ventaja de que tienen mucho más tiempo rearticulándose.

Hoy, la única vía hacia la preservación del proyecto socialista chavista, se fundamenta en dejar de seguir viendo al frente, esperando que otros se transformen en Chávez y sigamos otro liderazgo mesiánico, que el mismo Chávez en reconocimiento del problema, criticó. Si la izquierda quiere no sólo seguir en el poder, sino, continuar y profundar un proyecto político, cada organización y actor político chavista tendrán que verse y reconocerse, sin temor a los que siempre han tenido al lado como un igual y como un aliado fundamental, rearticulando las fuerzas heredadas del chavismo, para poder avanzar sobre el legado, pero sin anclarse en una épica nostalgia que desmoviliza e impide avanzar hacia destinos renovados.


La izquierda chavista venezolana tiene como reto asumirse colectiva, asumirse gobierno, asumirse crítica, asumirse fuerte, y con la capacidad de confrontar a la derecha, a través de un diálogo nacional que no implica negociación de los principios ni retrocesos en los avances políticos y sociales del país. El gran debate que debe dar la izquierda es el económico, sin claudicar, e indicándole al gobierno lo que debe hacer, no al contrario: “Mandar obedeciendo”.